Correo internacional

Piden que les escriba…¨es alimento del que me nutro… ¨-me dicen-y cuando los mensajes no aparecen me reclaman enfadados, pidiendo su ración de noticias, de mis desvariadas apreciaciones y los recuentos de mi vida diaria. Por eso , aunque cansada, escribo, pensando en aquellos que esperan mi correspondencia, que no es llevada por corceles, ni trenes ni aviones, sino que viaja entre códigos computarizados, unos y ceros que recorren enormes distancias cargados de imágenes y sentimientos.

En el inmenso valor de la palabra trasmito todo: la esperanza que recorté con esmero para mi madre, el aliento y energía que reservo para mi tía, la mano que extiendo para saludar a mis lejanos vecinos, el beso cálido que pongo en la gastada piel de mi abuela, los ojos que desde lejos recorren todo…cada pedacito de lo que físicamente dejé pero que está siempre como una película fina, cubriendo mi retina.

Escribo también para contar otra realidad, esta nueva que vivo…, el asombro de lo nuevo , la banderita que ondulo de un nuevo reto logrado, los sueños que voy sembrando como semillas y que protejo contra todo viento que pretenda estropearlos. Les cuento lo que mi mente ordenada y conciente me permite. A mi corazón le tengo prohibido… a ese no…ese no sabe, no sabe cómo ni qué debe decir…es demasiado sincero e inocente.

Como tanto escribo para otros, a veces también escribo para mí, como en este post. Me regodeo en el delicioso saber de que hay quien espera mis letras, con el mismo agradecimiento de quien las escribe.

Otoño, quédate conmigo…

Tomo mi café caliente y miro las otoñales hojas caer por la ventana de esta casa del siglo XVIII, en George Town, el vecindario más antiguo de Washington DC.

Por ratos me siento totalmente cinematográfica, en otras ocasiones inmersa dentro de una pintura de época. Disfruto del momento en que la vieja casona aún duerme, suspira el sueño tranquilo junto a sus inquilinos. Solo yo disfruto de las primeras claridades del amanecer y de la danza de cientos de hojas multicolores que abundan fuera. Amarillo, rojo, naranja, árboles que parecen pintados de manera intencional y que compiten en belleza con las pintorescas casas tradicionales, de crecimiento vertical. Las aceras ya amanecen cubiertas de esta alfombra de hojarasca multicolor que tanto me fascina, mientras en el interior de la casa la chimenea y libreros antiguos cierran la imagen de una maravillosa pintura.

Como vengo de un país con escaso otoño, siento la necesidad de vivirlo a tope, por todos los años que no lo tuve. Salgo a la calle y respiro otoño, con su mezcla de perfumes diversos. ¿Una especie de jazmín que no conocía? ¿Y este otro olor dulzón…? Me pierdo entre árboles, esencias frescas y otras que se descomponen, y ya en la esquina aparece la sabrosa mezcla del café y el olor a croissant fresco de la mañana. Inflo los pulmones de otoño y continúo por las simétricas calles, mientras mi pelo recoge alguna hoja amarilla que se acomoda muy bien en mis cabellos. ¨Is Fall…¨ , gritan las vidrieras cuidadas e íntimas de deliciosos y encantadores negocios. Todos parecen celebrar la danza otoñal con bellas vasijas de flores disímiles, en reemplazo a las que caen.

Junto a mí transita la vida sin aparente apuro. Gente elegante pero al descuido. Algunos pasean sus perros que hociquean en los bellos cementerios de hojas, otros regalan sonrisas y otros ponen sus delantares para comenzar la faena.

Es otoño y me dejo llevar por las hojas y su danza con el aire, por la belleza que le otorgan a la vida. Si fuese para siempre tal vez no fuera tan hermoso, pero al menos quédate conmigo, otoño, hasta que nuevas hojas me devuelvan las perdidas.

Carta a la Virgen María

María, es para ti mi primera carta pública desde mi partida, ahora desde el otro lado del mar. Nadie lo merece más que tú, y en correspondencia tu hijo Jesús, a quien tanta ayuda has pedido para los míos.

Quiero darte las gracias María y disculpa si no te nombro como te llaman casi todos los cubanos. Para mi eres la Virgen María, en su estampa original, con tu hijo cargado en brazos y tu corazón misericordioso.

Quiero que sepas que siempre te sentí a mi lado en los momentos más duros. Que supe de todas las personas amables que sé, me enviaste ,y que me dieron sonrisa, techo y comida, aquellos que me dieron ánimo desde el inicio. Desde ya los pongo bajo tu cuidado. Protégelos contra todo mal.

Gracias mi virgen por las buenas nuevas que me traes a diario, aún en medio de la adversidad. Gracias por el optimismo que cruza por mi lado, gracias también incluso, por las heridas profundas recibidas, por recordarme que debo perdonar a quienes me ofenden y por darme claridad para entender que más que nada, necesitan de ti y de tu hijo. Ellos no te conocen.

Gracias por tu rosario porque ha sido sobre él donde he llorado y el que me ha devuelto esperanza y fe. Sin él… se hubiera roto mi corazón.

Infinitas gracias por ser mi madre, por haberme elegido. Ya procuraré, desde este nuevo país, que todos los que clamen por ti encuentren el camino. Esa será mi mejor muestra de gratitud.

Espero nunca te olvides de esta tu hija, que agradecida te escribe,

Joselin

Despedidas

Siempre me tocan los entierros. Tocan las campanas y hay puertas que deben cerrarse. Ahí estoy yo para recoger recuerdos, empacarlos y clasificarlos. Es así como aparecen ante mis ojos las diferentes etapas de mi vida, aquellas que ya han quedado atrás y que desfilan en fotos, cartas que fueron olvidadas en una gaveta, tarjetas de felicitación, aquella pianola que compré llena de esperanza para mi hijo, que ya hoy no juega más con juguetes ni tampoco quiso ser pianista.

Sigo recogiendo piezas del entierro, esto a la basura…, el libro infantil que tanto disfrutamos leyendo ¿en qué bolsa?…el reloj de mi padre lo pongo en mi corazón…, los certificados de notas de las escuelas…, las garantías de equipos que en un tiempo cuidábamos por miedo a confiscación, la pañoleta roja que ya no plancharé más. Debo moverme más deprisa pero estoy lenta…lenta. Debe ser porque en cada entierro tengo la sensación de que son etapas que se cierran, unas tras otras, y no es ni tan fácil ni tan rápido… algunas duelen, otras me hacen sonreír, con la única sonrisa con que puede uno reír en un entierro.

Esto no…¡no a la basura! no pudiera, me digo mientras acaricio el librito de poemas que escribí a mis 7 años y que padre encuadernó para mí. Me duele dejar abandonados los monstruos pintados por mi hijo, pero son tantos…tantas hojas sueltas con seres maravillosos de millones de galaxias. Revistas diseñadas por mi esposo…más allá aparece un Sputnik…casetes de cinta que recogen voces del pasado. Me pregunto si morirán para siempre si los dejo ir. Let it go…let it go…me repito y continua el entierro. No hay nadie que asista, tan solo los recuerdos y yo.

Estas ropas que ya no sirven, otras quedan chicas, a la bolsa del olvido…deprisa…deprisa. Aparecen ahora las camisas que tan lindas le quedaban al niño… adiós años maravillosos.

Mis libreros, intocables, ni uno…le digo a mi madre que se asoma y pregunta si esos serán muertos o vivos.

Llevo horas y ya casi acabo… arrastro las bolsas y termino cansada de despedidas. La ventana está a lo lejos y se vislumbran las calles de La Habana a través de los cristales. El barrio, la gente que pasa día a día a sus trabajos, unos en busca de lo que entró a la bodega , otros a la panadería. No quiero ni acercarme, ha sido suficiente por hoy. Desde lejos me pregunto en qué lugar los pondré en el futuro cercano. Me alivia saber que el corazón es un closet grande, grande, que me salvará de tantos y tantos adioses.

Adiós…corazón

Ya saben que me gusta contar experiencias. Muchas de ellas diminutas, pero inolvidables por su impacto emocional. Los protagonistas de hoy son las huellas, intencionadas o no que vamos dejando al paso.

Hace algunos años decidí trabajar en un centro cultural cuyo nombre pasaré por alto. Me dieron una oficina, asignada, pero que no podía ocupar porque la persona que antiguamente la tenía no había tenido tiempo de llevarse sus cosas. Después de una espera de semanas decidí que no podía prolongar más mi comienzo y me vi obligada, con el mayor respeto, a separar aquellas pertenencias en un rincón para dar paso a mi arsenal de libros y carpetas. Me fue imposible -creo que nadie hubiese podido- cargar hacia el rincón, vaciar gavetas, sin despertar su curiosidad sobre algunas piezas, aun más si eran libros.

Me confieso culpable, registré libro a libro, leí las sinopsis, algunos me interesaron y hasta disfruté con fruición pensando que en lo que la dueña venía tendría mi pasatiempo favorito garantizado para el lapsus de descanso del almuerzo. Recuerdo que el único libro que no pude leer fue uno de brujas y magia. Completamente inentendible, estaba escrito en español pero no comprendía nada, algunas palabras las lograba sacar por sus raíces y etimologías pero en su mayoría ¡no entendía nada! Meses después la dueña me dijo que para leer ese libro se requería de cierta formación. Solo dijo eso y recuerdo que la miré entonces con cierto respeto. Imaginen todo lo que pasó por mi cabeza.

Pero bien, esa no es la historia que quiero contarles. En una de las gavetas encontré un papel escrito que llamó mi atención. Cuando lo abro, era un poema, de los más bellos que he leído jamás. Fue escrito con un sentimiento de desgarro tal que trascendía las líneas. Hablaba de un amor herido y hacía alusión a una imagen poética que no olvidaré: quien escribía el poema miraba desde una ventana en altos como su corazón la había abandonado y cruzaba debajo la calle, a toda prisa, mientras se alejaba cada vez más de ella. Fue suficiente para mí entender aquel sentimiento. Más de una vez me asomé a la ventana y pensé en aquella persona triste y en un corazón con patitas que metros debajo huía desesperado.

Fue lindo, atesoré aquel poema los pocos meses que decidí quedarme en aquel trabajo. Incluso, a la hora de recoger mis cosas valoré si llevarlo conmigo y conservarlo entre mis cosas preferidas. Decidí que no. Ese corazón necesitaba continuar su camino, así que con el mayor de los cuidados lo dejé en la gaveta con la esperanza de que significara para otra persona la feliz y entrañable bienvenida que fue para mí. Todavía me pregunto si el autor ( que no creo que fuese la bruja) lo dejó ahí por olvido o de manera intencional. Un bello poema trascendió mucho más de su tiempo de escritura, autor y destinatario. Llegó de manera casual al corazón de otras personas y plantó su huella para siempre, tal y como hacemos con las Botellas al Mar.

Vengo de otro planeta

¡Tía tú haces cada cosas!… eres rara, es como si vinieras de otro mundo. Me dice mi sobrina sonriendo cuando me ve salir puerta afuera, a toda carrera, en bata y pantuflas para el frío, tan solo porque viene el carro de la basura. Necesito ver eso le digo… quiero ver el brazo hidráulico, que sin auxilio de ente humano, coge los tanques de la basura, separados y categorizados, vacía su contenido y los coloca en el mismo lugar.

Llegamos a tiempo el perro y yo. Miramos extasiados desde el ¨gate¨, por diferentes motivos, claro está. En mi caso pienso que no es que sea gran cosa, le digo a mi sobrina, lo que sucede es que yo vengo de otro planeta, no soy de Planetas Unidos. Tan sólo eso… me justifico divertida.

En mi planeta – le explico- a las personas le pagan por bajarse y coger tanques maltrechos para vaciar su contenido. Los camiones no pasan en horarios fijos como aquí y el reciclaje es tan diferente que me lo reservo para no proporcionar náuseas a ese delicado estómago.

No, mi sobrina, mi planeta es muy sucio, impera la escasez y la desorganización pulula. Te asombrarías de ver con qué cuota de anhelos vivimos. Los habitantes, niños y adultos, tienen alguna formación pero en su generalidad son gente ignorante, para nada educados y soberanamente pretenciosos. Vamos por las galaxias pensando que estamos más cerca que nadie de Dios y arrastramos en nuestros viajes estas creencias, que devienen en fuertes explosiones. No estamos preparados para vivir fuera de nuestros límites planetarios, aunque sea lo que más anhelamos.

Sin embargo, en mi planeta, el dinero no compra –completamente-el corazón de las personas. Nuestra arrogancia se tira al piso cuando de niños y ancianos se trata. Para ellos regalamos nuestras sonrisas, sin costo alguno, porque a diferencia de tu mundo, en el mío hay cosas que son completamente gratis. Los médicos lo mismo diagnostican, que te dan el teléfono de su casa y hasta ponen inyecciones. No hay procederes de compañías aseguradoras que los limiten a hacer algo por un habitante cuando es necesario. Somos incapaces de dejar a nuestros familiares enfermos, solos en los hospitales, e irnos a descansar como si nada.

En mi planeta nos reímos y gesticulamos sin medida. Nos paramos en cada esquina a conversar con nuestros vecinos, de punta a punta de la calle. ¿Puedes creer eso?

Como la tecnología es tan escasa, en nuestro planeta todavía preferimos tomar un café ¨face to face¨ con nuestros amigos, a los que veneramos por encima de todo el dinero que puedan o no tener. La familia es sagrada y no hay trabajo ni estilo de vida que nos impida estar con ellos cuando nos necesitan.

Por otra parte, los niños como tú, están preparados para ser sobrevivientes en cualquier punto del universo. ¡Cuánto me gustaría que aprendieras eso, aunque la diferencia de atmósfera te generara algún que otro trastorno!

Nada, es así, vengo de un planeta diferente – y le termino así mi explicación. No es ni mejor ni peor, porque esos dos términos, dadas las circunstancias específicas en las que nos movamos, pueden ser muy relativos.

Ya estoy de regreso en mi planeta. Oscurece. Solo me queda mandar a mi sobrina un beso sencillo, de bajo costo, y un pensamiento de amor, eso sí, con mucha fuerza, que es lo único que me sobra. Como lo mando desde aquí es posible que no llegue. Ya tengo un nuevo bono para mi ración de anhelos: es posible, quién sabe, que mejoren los correos interplanetarios.

Carta a mi Padre

Padre, déjame contarte que te extraño. Es viernes en la noche y te extraño. Más bien, llevo días así pero a veces las ganas vienen de súbito y de manera más aguda. Es un sentimiento feo Padre, porque nace sin esperanza, y siempre, siempre me hace llorar.

El otro día montada en una guagua vino ese sentimiento repentino y lloré a borbotones. Algunos me miraron, tal vez pensaban que lloraba por un amor perdido. No estaban tan lejos, no…

Mi hijo también hoy recordó uno de los juegos que le inventabas, y aunque lo recordamos con amor, la última pizca fue dolorosa.

Padre, déjeme contarte que tu muerte ha sido sin palabras. Cambió mi mundo y me hizo adulta. Igual que cuando tuve a mi hijo, ¿recuerdas aquel día que tanto lloraste de emoción?

La vida con tu muerte comenzó a girar, a girar, y siento que todavía no se detiene, todo cambió, todo mi mundo cambió cuando te fuiste. No sabes lo que me costó recoger todas tus cosas, vender tu linda casita, montar a mi madre en un carro y dejar todo atrás, toda mi infancia bonita que tanto y tanto adornaste. Todavía no sé como esta, tu hija, fue tan fuerte para asistir a tantos entierros.

Traje conmigo tus plantas, tu sonajero violeta, regalé algunos de tus cuadros pero guardé, eso sí, el que me hiciste aquella vez, y que siempre supiste que nunca me gustó. Lo guardo en mi cuarto con tanto amor…

Padre, déjeme contarte algo bueno, y es que ya puedo mirar tus fotografías, no todos los días soy tan fuerte pero hay días en que si las miro me pareces cerca, y pareces tan normal, tan normal que no me creo que no estés. La foto me grita que estás, como siempre has estado y deberías estar. Es un sentimiento confuso…

Padre, déjeme contarte que por dolorosa, tu muerte me ha hecho fuerte, me enfrentó a una realidad de la vida que siempre trataste de ocultarme. Tengo que confesarte que esa idea no fue buena, y que valoraré como tratarla con mi hijo. Es controversial la vida y extremadamente compleja. No la entiendo Padre, pero sé que tengo que aceptarla, porque eso me dejó claro tu muerte cuando me mostró su cara.

Padre, déjeme contarte que me doy cuenta cuando estás. Tú sabes que me doy cuenta…cuando suena tu sonajero y no hay viento, cuando a veces estoy tranquila y siento tu presencia, cuando me visitas en los sueños. Sabes que no temo.

Padre, déjame contarte que Mamá ha sido fuerte, pero a veces la miro y hasta su fortaleza me da lástima. Cuando pienso en todo lo que ha perdido no puedo dejar de sufrir por ella. Ella te extraña Padre, y con razón, nadie la comprendía como tú.

Padre, déjame contarte una última cosa, y es que el nieto de tu corazón está lindo. Elimina todos aquellos temores que tenías, es fuerte y sabrá salir siempre adelante. Tiene que aprender a sortear obstáculos, pero es cabezón y bracea fuerte como su mamá. Él me recuerda tanto a mi misma de pequeña…sé que tu pensarías igual. Me parece escuchar tu voz cuando lo regaño, pidiéndome que lo entienda…él te hizo querer tanto la vida…

No te preocupes Padre por mí si vez que lloro y sigo extrañándote. No creo que esto que siento pase, pero quiero que sepas que sé cuan importante soy para los míos y que por ellos y por mí tengo que llevar tu muerte de la manera que tú hubieras deseado. No sería capaz de aumentar tu sufrimiento. Además, escribirte de vez en cuando me hará sentirme bien…y tú siempre me dejarás contarte…Padre.

Allá

Allá quedó todo,
cada árbol, cada fragmento de viento,
cada rostro querido de mi infancia,
allá quedó el recuerdo del abuelo y su carreta,
el trillo, las grosellas, el baúl,
canciones de niñas, fotos del tiempo

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Como norias, giran y giran nuestras vidas. Muchas veces, en ese girar, perdemos nuestro camino, el ritmo que sabemos nos fue designado rodar. Es la cotidianidad y sus responsabilidades que nos fuerzan a hacer concesiones.
Años atrás, cuando tenía mi monedero lleno pero vacía el alma por no poder escribir lo que quería, me hice un anuncio comprometido. Hoy lo traigo de nuevo a mi vida. Lo hago como si colgara un precioso cuadro para no olvidar quién soy. Tal vez quieras hacer tu propio anuncio en los comentarios, ya sea en prosa o en verso. Ahí te va el mío:

ANUNCIO
Me daré cinco minutos diarios de poesía,
me pondré al viento con la cara húmeda en las mañanas,
y ondularé mi brazo, levemente, para creerme golondrina.
Barreré las amarguras cotidianas cada sábado,
y traeré de vuelta las horas con mi compañía.
Será solo cuestión de reconciliarme con mi espíritu.

En un lugar tranquilo de este planeta plantaré una semilla
y volveré para verla crecer cuando la extrañe.
Seguiré arrastrando mis temores, pero cambiaré sus tonos,
y sobre todo, procuraré un lugar tranquilo
para saberme no una más del mundo, sino el mundo.

Al final de cada día, tomaré una taza de té con mi amor
y tendré cuidado de mirarle a los ojos,
de acariciar concientemente la palma de su mano.

Daré gracias, gracias…
aun sabiendo que habrán otros sacrificios,
pero nunca más estos…

Cuba desde arriba

El piloto anuncia que volamos a no sé ni cuantos pies de altura. Sin embargo, no puedo evitar abrir el mapa electrónico esperando con ansia cruzar el mar y volar a lo largo de mi isla. Mi vista va desde mi dedo hasta la ventana, mientras sigo en el tablet las líneas de la costa sur y me entretengo en adivinar la retahíla de pedazos de tierra que debajo nos nombran.

Es mejor desde arriba. Puedes imaginar la isla a tu antojo. Cuando se pierde altitud se divisan mejor las siluetas de las costas y una multitud de sinuosas líneas que rompen tierra adentro.

Desde esta altura todo es posible. Es solo un pedazo de tierra que pudiese ser todo lo que quieras soñar. Por unos momentos, cierro los ojos y me dejo llevar.

Como un resorte de la primaria salta el verso de Guillén con su largo lagarto verde con ojos de tierra y agua. Me es inevitable mirarla de otra manera, hasta que los versos se esfuman de mi cabeza al descubrir de repente, allá abajo, los cayitos repletos de sol, que contrastan con las pequeñas escarchas que las bajas temperaturas formaron en mi ventana.

Vuelve la voz del piloto y anuncia que estamos pronto a aterrizar. Las ruedas tocan tierra y al mirar nuevamente por la ventana pareciese como si una bruma cubriera mi retina. Froto mis ojos tratando de alejar la oscuridad que me envuelve.

Desde arriba es mejor. Desde arriba todo es posible.

Un rápido papeleo, nada que declarar y mi única maleta me botan a la calle. Tomo el taxi y de nuevo está en mi cabeza Sarah, aquella profesora de literatura que nos hacía aprender versos de memoria. Esta vez me recuerda uno que casi había olvidado: ¿Dónde está mi bandera cubana? la bandera más bella que existe, desde el buque la vi esta mañana y no he visto una cosa más triste…