La lágrima silente

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Estudiaba Filología cuando me leí la Consagración de la Primavera. No sé si por real afinidad o porque las circunstancias eran propicias para esa determinación, decidí convertirme en la rusa que bailaba a ras del suelo, siempre a ras del suelo, pero por sobre todas las cosas, porque no le interesaba la política, vivía ajena, sin tratar de tocar ese mundo en el que la mancha y la claridad es tan ambigua. Creo que es un patrón fácil de asumir cuando se tienen 20 años: no hay explicaciones lógicas para tu país y un sentimiento de precaución ante estos temas domina tu intelecto. Por tanto, decidí ser Vera.

Lo cierto es que fueron pasando los años y el papel de la rusa siguió su curso. Era una puesta en escena mantenida. Viajé, conocí nuevos horizontes, regresé siempre, y seguí comprando pan ácido en nuestras panaderías, sorteando obstáculos en la educación de mi hijo, viendo a mi familia y amigos partir masivamente, siendo testigo de exorbitantes precios para hoteles de poca categoría, irrespetuosos precios para la compra de autos, y todo ese rosario de calamidades a los que de manera general hemos estado expuestos. En fin, no esperaba nada de mi país. Dicen que el que nada espera lo pasa mejor, y la Rusa de Carpentier me mantenía en pie.

Sería este un tema aburrido para los psiquiatras, con toda su teoría de bloqueo emocional y demás. Después de tantos años, me he dado cuenta que para mí es un tema pendiente con mi corazón.

Hoy doblo la edad en la que decidí interpretar este papel y confieso que ya no soy tan buena actriz. Cuando escucho canciones como Cada país (Buena Fe) o ¨Mi país se está poniendo viejo (Adrián Berazaín) , cuando leo campañas que actualmente hacen otros países con lemas como ¨ORGULLO DE MI TIERRA¨, o ¨Invertir en mi país es un buen negocio¨, cuando cubanos con vergüenza toman el lápiz y hablan de lo que éramos, no de en lo que nos hemos convertido, una lágrima silente corre por mi mejilla, caliente y con dolor. Dicen que esas salen del alma.

 Incluso podría decir que mi actuación va empeorando. Mientras algunos ríen en espectáculos de humor con chistes que giran sobre la divisa de los extranjeros, las colas en las embajadas, las tallas de zapatos y de ropas, entre la ingeniosidad del cubano que me hace reír, siempre retornan mis lágrimas silentes. Allí están para recordarme de dónde vengo y quién soy; que este es mi país y que sí me importa qué se hace o deja de hacer; que de alguna manera, aunque creamos que exiliarnos es el mejor camino, somos hijos de esta tierra y lo que a ella le pase nos toca a fondo. Sin idealizar y seguir clichés constantemente repetidos en escuelas y discursos, pienso además que una herencia viva se impone, debe quedar en nosotros algo de los cubanos que tantísimos años atrás demostraron nuestra valía. Tal vez por eso mis lágrimas…

Este ha sido mi papel hasta hoy. Desde mi ventana veo cientos de cubanos en su diario ajetreo y trato de imaginar cuál será su interpretación. Algunos tal vez no se detengan a pensar, concentrados en sobrevivir. Sin embargo, sé que otros, tocados sensiblemente en determinados momentos, sentirán correr, con angustia, sus propias lágrimas silentes.

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