Cirugía emocional

Pozo cegado, ánfora rota… llegan turbados a mi cabeza los versos de la Loinaz mientras el médico explica la importancia de mi cirugía. Es lo mejor -me dice- y su naturalidad es una bofetada contra mi sexo, contra la feminidad que él nunca llegará a conocer por muchos libros que lea.

Ágilmente lo veo llenar mi historia clínica: 41 años, 1 hijo, útero fibromatoso, se sugiere extirpar, y con la misma rapidez que su lápiz escribe yo recorro en mi mente la mesa familiar que no veré concurrida, los pleitos entre hermanos que no apartaré, el amor compartido que no proporcionaré. El llanto se atora en mi garganta y recuerdo aquel otro verso que siempre me gustó: Madre de una ausencia sin nombre.

Salgo tambaleante a tomar aire ante la cara preocupada de mi esposo. A él solo lo consterna la cirugía y mi salud, mientras yo, más que nada, necesito procesar el final de esta etapa que mutila mi condición de mujer fértil, amparo viviente del milagro de la vida.

En la sala de estar me tropiezo con una larga fila de mujeres que voluntariamente esperan para legrar su útero. Me quedo inmóvil y triste. No les veo tantos requisitos para ser premiadas y me pregunto si les importará si en algún momento ese final llega.

Recuerdo la cara de mi precioso hijo y salgo a la calle, todavía abatida y callada, sintiendo en mi piel, Dulce María, tu Canto a una mujer estéril.

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