Adiós…corazón

Ya saben que me gusta contar experiencias. Muchas de ellas diminutas, pero inolvidables por su impacto emocional. Los protagonistas de hoy son las huellas, intencionadas o no que vamos dejando al paso.

Hace algunos años decidí trabajar en un centro cultural cuyo nombre pasaré por alto. Me dieron una oficina, asignada, pero que no podía ocupar porque la persona que antiguamente la tenía no había tenido tiempo de llevarse sus cosas. Después de una espera de semanas decidí que no podía prolongar más mi comienzo y me vi obligada, con el mayor respeto, a separar aquellas pertenencias en un rincón para dar paso a mi arsenal de libros y carpetas. Me fue imposible -creo que nadie hubiese podido- cargar hacia el rincón, vaciar gavetas, sin despertar su curiosidad sobre algunas piezas, aun más si eran libros.

Me confieso culpable, registré libro a libro, leí las sinopsis, algunos me interesaron y hasta disfruté con fruición pensando que en lo que la dueña venía tendría mi pasatiempo favorito garantizado para el lapsus de descanso del almuerzo. Recuerdo que el único libro que no pude leer fue uno de brujas y magia. Completamente inentendible, estaba escrito en español pero no comprendía nada, algunas palabras las lograba sacar por sus raíces y etimologías pero en su mayoría ¡no entendía nada! Meses después la dueña me dijo que para leer ese libro se requería de cierta formación. Solo dijo eso y recuerdo que la miré entonces con cierto respeto. Imaginen todo lo que pasó por mi cabeza.

Pero bien, esa no es la historia que quiero contarles. En una de las gavetas encontré un papel escrito que llamó mi atención. Cuando lo abro, era un poema, de los más bellos que he leído jamás. Fue escrito con un sentimiento de desgarro tal que trascendía las líneas. Hablaba de un amor herido y hacía alusión a una imagen poética que no olvidaré: quien escribía el poema miraba desde una ventana en altos como su corazón la había abandonado y cruzaba debajo la calle, a toda prisa, mientras se alejaba cada vez más de ella. Fue suficiente para mí entender aquel sentimiento. Más de una vez me asomé a la ventana y pensé en aquella persona triste y en un corazón con patitas que metros debajo huía desesperado.

Fue lindo, atesoré aquel poema los pocos meses que decidí quedarme en aquel trabajo. Incluso, a la hora de recoger mis cosas valoré si llevarlo conmigo y conservarlo entre mis cosas preferidas. Decidí que no. Ese corazón necesitaba continuar su camino, así que con el mayor de los cuidados lo dejé en la gaveta con la esperanza de que significara para otra persona la feliz y entrañable bienvenida que fue para mí. Todavía me pregunto si el autor ( que no creo que fuese la bruja) lo dejó ahí por olvido o de manera intencional. Un bello poema trascendió mucho más de su tiempo de escritura, autor y destinatario. Llegó de manera casual al corazón de otras personas y plantó su huella para siempre, tal y como hacemos con las Botellas al Mar.

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