Despedidas

Siempre me tocan los entierros. Tocan las campanas y hay puertas que deben cerrarse. Ahí estoy yo para recoger recuerdos, empacarlos y clasificarlos. Es así como aparecen ante mis ojos las diferentes etapas de mi vida, aquellas que ya han quedado atrás y que desfilan en fotos, cartas que fueron olvidadas en una gaveta, tarjetas de felicitación, aquella pianola que compré llena de esperanza para mi hijo, que ya hoy no juega más con juguetes ni tampoco quiso ser pianista.

Sigo recogiendo piezas del entierro, esto a la basura…, el libro infantil que tanto disfrutamos leyendo ¿en qué bolsa?…el reloj de mi padre lo pongo en mi corazón…, los certificados de notas de las escuelas…, las garantías de equipos que en un tiempo cuidábamos por miedo a confiscación, la pañoleta roja que ya no plancharé más. Debo moverme más deprisa pero estoy lenta…lenta. Debe ser porque en cada entierro tengo la sensación de que son etapas que se cierran, unas tras otras, y no es ni tan fácil ni tan rápido… algunas duelen, otras me hacen sonreír, con la única sonrisa con que puede uno reír en un entierro.

Esto no…¡no a la basura! no pudiera, me digo mientras acaricio el librito de poemas que escribí a mis 7 años y que padre encuadernó para mí. Me duele dejar abandonados los monstruos pintados por mi hijo, pero son tantos…tantas hojas sueltas con seres maravillosos de millones de galaxias. Revistas diseñadas por mi esposo…más allá aparece un Sputnik…casetes de cinta que recogen voces del pasado. Me pregunto si morirán para siempre si los dejo ir. Let it go…let it go…me repito y continua el entierro. No hay nadie que asista, tan solo los recuerdos y yo.

Estas ropas que ya no sirven, otras quedan chicas, a la bolsa del olvido…deprisa…deprisa. Aparecen ahora las camisas que tan lindas le quedaban al niño… adiós años maravillosos.

Mis libreros, intocables, ni uno…le digo a mi madre que se asoma y pregunta si esos serán muertos o vivos.

Llevo horas y ya casi acabo… arrastro las bolsas y termino cansada de despedidas. La ventana está a lo lejos y se vislumbran las calles de La Habana a través de los cristales. El barrio, la gente que pasa día a día a sus trabajos, unos en busca de lo que entró a la bodega , otros a la panadería. No quiero ni acercarme, ha sido suficiente por hoy. Desde lejos me pregunto en qué lugar los pondré en el futuro cercano. Me alivia saber que el corazón es un closet grande, grande, que me salvará de tantos y tantos adioses.

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